
En agosto del 2005, recibí de regalo dos hamsters macho, ya venían bautizados como Petrulio y Petrolio.
En un principio, con una jaula chica, peleaban y eran más que inquietos, después, con su nueva casa, empezaron a calmarse y a tomar los típicos hábitos de ratón: dormir todo el día, comer en la noche y no salir de la rueda, metiendo un ruido constante cada vez que me iba a la cama.
Los hediondos me acompañaron a la playa dos veces, tuvieron que aguantar las muchas veces que me olvidé de darles comida y que me daba flojera limpiarles la jaula. Por eso mismo, hace un tiempo se fueron a una nueva casa y aunque ya no tenía que estar siempre atenta, ya no chirriaba la rueda en las noches, ya no había olor en mi pieza, nadie se levantaba a mirarme cada vez que llegaba de clases o que me acercaba con las verduras y semillas.
Ya este año los dos debían cumplir dos años, pero uno, Petrulio (el de la foto), no alcanzó, era su hora y sé que pronto su hermano (o pareja, porque siempre tuvieron actitudes amorosas entre ellos), Petrolio, también se irá de pena y de viejito.
Son muchas las historias que podría contar de ellos, pero mejor un pequeño resumen, así, los Petrurios quedarán en el recuerdo de las mascotas más pequeñas, hediondas, ruidosas, inquietas, tiernas, comelonas, mordedoras, regalonas, dormilonas que tuve.